Esta entrada de blog examina qué equilibrio es necesario para que la ciencia y la ética armonicen en medio del deslumbrante progreso de la tecnología.
El aclamado anime japonés "Ghost in the Shell", la serie "Terminator", que marcó una era en la historia del cine, y "Un mundo feliz" de Aldous Huxley, ocuparon el quinto puesto entre las 100 mejores obras de la literatura inglesa del siglo XX. ¿Qué tienen en común estas tres obras? Todas ellas representan el lado oscuro de la sociedad que puede surgir cuando el avance tecnológico se vuelve extremo. Estas obras advierten de los diversos problemas sociales y éticos que pueden surgir cuando los humanos se vuelven excesivamente dependientes de la tecnología, representando una realidad donde la identidad humana, los valores sociales y la propia definición de humanidad pueden verse afectados. Es como si revelaran, a través de la imaginación distópica, las facetas incómodas de un futuro que podríamos enfrentar.
A medida que el mundo avanza, la frontera entre máquinas y humanos se difumina gradualmente. Con el rápido desarrollo de la biotecnología, incluyendo los úteros artificiales, la producción directa de seres humanos se ha convertido en una posibilidad realista. En este contexto, las oscuras visiones sociales que se muestran en las películas y novelas mencionadas ya no se limitan a la ficción; se acercan a un futuro no muy lejano. Por eso, queremos debatir el tema «La regulación ética de la ciencia y la tecnología es necesaria».
Quienes abogan por la desregulación y el uso activo de la ciencia y la tecnología argumentan que las regulaciones en este ámbito obstaculizan el progreso científico general. Sostienen que diversas regulaciones y restricciones limitan la investigación, lo que supone una carga significativa para los investigadores. Expresan especial insatisfacción con las numerosas restricciones nacionales y leyes conexas en el ámbito de los drones y los vehículos autónomos. Argumentan que las regulaciones rígidas crean numerosos obstáculos para la apertura de nuevos mercados, lo que en última instancia debilita la competitividad de las industrias futuras y genera posibles pérdidas económicas. Su postura es que las regulaciones deben desmantelarse para facilitar la comercialización de nuevas tecnologías y la entrada al mercado de estos nuevos productos o servicios.
Tales argumentos pueden considerarse válidos. La prosperidad económica y el avance científico son, sin duda, valores que no podemos permitirnos abandonar. Esto se debe a que las nuevas tecnologías abren nuevas posibilidades en diversos sectores y poseen el potencial de mejorar la vida cotidiana de maneras antes inimaginables. Sin embargo, incluso si la eliminación de las regulaciones sobre ciencia y tecnología impulsara el progreso científico, ¿beneficiaría esto realmente a la sociedad en su conjunto? No, no lo haría. Si buscamos el progreso científico sin considerar sus implicaciones éticas, la ciencia puede avanzar y beneficiar enormemente a algunos, pero también podría crear problemas significativos para otros. Por ejemplo, el avance de la biotecnología y la proliferación de técnicas de modificación genética podrían conducir a una sociedad desigual donde solo ciertas clases puedan «seleccionar» genes específicos, socavando gravemente la igualdad y la dignidad humanas.
La búsqueda del progreso científico podría destruir el entorno circundante, privando a las personas de su espacio vital y vulnerando su derecho a la vida. Además, la falta de sistemas de supervisión adecuados durante el desarrollo tecnológico y la comercialización puede posteriormente generar problemas mayores y más complejos. Consideremos el ejemplo de los coches autónomos, que avanzan rápidamente y están a punto de comercializarse en el extranjero. El número de octubre de 2015 de MIT Technology Review publicó un artículo titulado "Por qué los coches autónomos deben estar programados para matar". Si bien los vehículos autónomos pueden ser, sin duda, más seguros que la conducción convencional, siempre pueden surgir situaciones inesperadas. El artículo destaca tres escenarios principales: elegir entre matar a varios peatones o a uno solo; elegir entre herir gravemente a un solo peatón o al propio conductor; y elegir entre herir gravemente a varios peatones o al conductor. Resolver estos problemas de elección ética es crucial. Desde la perspectiva del conductor, no querría comprar un coche diseñado para matarlo en una emergencia. Desde la perspectiva de la sociedad, no tolera fácilmente coches diseñados para matar a peatones inocentes. Por lo tanto, centrarse únicamente en el desarrollo sin abordar estas cuestiones de antemano podría causar una mayor agitación social más adelante.
Por consiguiente, la abolición de las regulaciones científicas podría generar importantes problemas sociales. La ciencia debe avanzar considerando sus implicaciones éticas mediante diversas regulaciones. Además, las consideraciones éticas en ciencia y tecnología no deben concebirse simplemente como estándares morales idealistas, sino como necesidades prácticas que tengan en cuenta las interacciones en el mundo real. Es decir, debemos buscar maneras de que los logros científicos proporcionen beneficios tangibles a la mayoría, minimizando al mismo tiempo el daño social. Desde esta perspectiva, la regulación ética de la ciencia y la tecnología no supone un obstáculo para el progreso tecnológico, sino que ayuda a los científicos a llevar a cabo su investigación con un sentido de responsabilidad.
Esto permitirá que la ciencia avance en una dirección más saludable, alineada con las aspiraciones de la sociedad. Por ejemplo, los científicos que participaron en el Proyecto Manhattan, que desarrolló la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial, creían que tales preocupaciones éticas eran responsabilidad de los políticos y que debían centrarse exclusivamente en la investigación. Sin embargo, al presenciar el abrumador poder destructivo de la bomba atómica —que aceleró el fin de la guerra— y las innumerables víctimas que causó, muchos comprendieron posteriormente la gravedad de sus acciones. En consecuencia, el físico y filósofo alemán Werner Heisenberg enfatizó firmemente la responsabilidad interna de los científicos, junto con sus obligaciones externas. La amenaza nuclear que persiste hasta el día de hoy puede ser el alto precio que pagaron los investigadores —y, de hecho, la sociedad de la época— por no considerar suficientemente las repercusiones de su trabajo y no adoptar una perspectiva integral.
Por supuesto, las regulaciones irrazonables o las restricciones poco realistas que no reflejan los tiempos deberían flexibilizarse para fomentar el desarrollo tecnológico. Pero esto nunca debe derivar en una permisividad incondicional. Ahora que la influencia y la omnipresencia de la ciencia y la tecnología son más formidables que nunca, la actitud complaciente de "desarrollar primero, preocuparse después" resulta insostenible. Esto se debe a que existe un riesgo significativo de que las nuevas tecnologías completadas escapen al control de los científicos y se utilicen indebidamente. Por lo tanto, solo cuando todos los sectores de la sociedad participen activamente en el debate, dejando de ser indiferentes a la ciencia y a la ética de la ciencia y la tecnología, podremos evitar repetir los errores del pasado. La ciencia es una fuerza inmensamente poderosa, pero cuanto mayor es su poder, mayor es la necesidad de la sabiduría para utilizarla correctamente. Bajo el objetivo común de la felicidad humana y social suprema, la ciencia y la ética deberían dejar de ser conceptos opuestos, para mantener una relación mutuamente complementaria, sabiendo cómo alentarse y estimularse mutuamente.