Esta entrada de blog examina cómo la historiografía moderna ha reproducido el occiden-centrismo a través de los conceptos de progreso lineal y una concepción historicista del tiempo, al tiempo que explora la posibilidad de una nueva conciencia histórica donde coexistan diversas civilizaciones y temporalidades heterogéneas.
El imperialismo saqueó no solo los territorios de las colonias, sino también sus culturas y mentalidades mediante ideologías occidentalistas. Estas ideologías se difundieron en forma de conocimiento «científico» durante el proceso de dominación colonial, y el campo de la historiografía no fue la excepción. La llamada historiografía moderna funcionó como herramienta para legitimar el dominio colonial, difundiendo discursos basados en la experiencia histórica occidental a través de las instituciones educativas modernas en las colonias. En consecuencia, no solo la construcción de la historia colonial, sino también la propia forma de percibirla, quedó dominada por el pensamiento occidentalista.
Sin embargo, a medida que surgieron críticas sobre las secuelas mentales del imperialismo, se extendió gradualmente el reconocimiento de que la historia occidental no es el "centro" de la historia mundial, sino simplemente una parte del todo. Se enfatiza que las civilizaciones no occidentales poseen el mismo valor que la civilización occidental, y se destaca el hecho de que varios elementos de la civilización occidental se transmitieron desde regiones no occidentales. No obstante, es difícil afirmar que el pensamiento occidentalista haya sido superado fundamentalmente por este cambio de percepción únicamente. Por lo tanto, junto con la reflexión sobre el discurso de la civilización en su conjunto, es necesario un reexamen fundamental del modo de pensamiento histórico centrado en los conceptos de "modernidad" y "progreso" que acompañan a dicho discurso.
En el núcleo de la historiografía moderna se encuentra un pensamiento historicista. El concepto central del historicismo es el «progreso» y el reconocimiento de que el proceso de progreso requiere cierto tiempo. Es decir, la historia progresa con el tiempo. Según esta perspectiva historicista, el tiempo se entiende como un «tiempo homogéneo y vacío» que espera ser llenado por el progreso histórico. La historiografía moderna, basándose en este concepto de tiempo, reestructuró diversos fenómenos históricos de diferentes regiones en una técnica capaz de ubicarlos en un eje temporal homogéneo mediante la estrategia de «temporalizar el espacio». Posteriormente, vinculó el tiempo de «antes» (premoderno) y el tiempo de «ahora» (moderno) mediante el concepto de «progreso», situando la historia no occidental y la historia occidental, respectivamente, a lo largo de ese eje temporal. En última instancia, la «misión civilizadora» imperialista —la noción de que las sociedades occidentales deben transformar las sociedades no occidentales en estados civilizados— se basó en un pensamiento historicista. Este suponía que tanto las sociedades occidentales como las no occidentales seguían la misma progresión histórica lineal de progreso a lo largo de una línea temporal unidireccional.
Esta estructura jerárquica del tiempo histórico reprodujo un «desarrollo desigual» no solo entre Occidente y las sociedades no occidentales, sino también dentro de cada nación y sociedad, entre grupos que vivían en un momento «presente» físicamente idéntico. Por ejemplo, grupos como los campesinos coloniales durante la era imperialista fueron definidos como rezagados respecto al desarrollo moderno, considerados entidades premodernas y, en consecuencia, marginados y excluidos, a pesar de existir dentro de la misma sociedad. Simultáneamente, se vieron constantemente obligados a ser incorporados a la modernidad. Este mecanismo permanece profundamente conectado con la estructura del desarrollo desigual, que continúa siendo objeto de debate en instituciones, políticas, educación y sistemas de conocimiento en la actualidad. Por lo tanto, el legado del historicismo sigue siendo un desafío que aún debe superarse.
Entonces, ¿cómo podemos superar la historiografía moderna occidental? Simplemente enfatizar que los espacios no occidentales también poseen culturas únicas, o sugerir que pueden seguir trayectorias de progreso socioeconómico idénticas a las de Occidente, no constituye una solución fundamental. Sobre todo, es crucial reconocer que coexisten tiempos históricos distintos, heterogéneos e irreductibles. Aquí, las historias que existen "ahora y juntas" se refieren a aquellas que no pueden simplemente incorporarse a las narrativas y relaciones de poder modernas; historias que poseen una temporalidad heterogénea que no puede subsumirse en el sistema temporal moderno. Por lo tanto, es necesario reconocer y aceptar activamente la heterogeneidad capaz de desbaratar las pretensiones modernas de universalidad y homogeneidad. Este enfoque va más allá de la narrativa del progreso lineal, revelando que diversas civilizaciones, regiones y grupos poseen temporalidades distintas y experiencias históricas únicas, lo que permite una comprensión más rica y multidimensional de la historia misma.
En última instancia, reexaminar las premisas fundamentales de la historiografía moderna y reconocer la estructura pluralista de la historia mundial —donde épocas heterogéneas coexisten, colisionan y se entrecruzan— será el punto de partida para trascender el eurocentrismo. Solo mediante este cambio de percepción podrá la investigación histórica superar las jerarquías y los marcos de exclusión que dejó la modernidad, avanzando hacia un sistema de pensamiento más inclusivo y realista.