¿La psicología evolutiva proporciona realmente una explicación científica del comportamiento humano?

Esta entrada del blog examina la evidencia que respalda la afirmación de que la psicología evolutiva explica científicamente el comportamiento humano, junto con cuestiones críticas que rodean esta afirmación y revisa exhaustivamente la validez de esta teoría.

 

El biólogo Charles Darwin, al concluir su obra fundamental El origen de las especies (1869), que abrió nuevos horizontes para la teoría evolutiva, formuló esta predicción: «En un futuro lejano, el estudio de la psicología humana se basará en nuevas bases». La visión de futuro de Darwin comenzó a adquirir una base realista en 1975, cuando el biólogo Edward O. Wilson publicó Sociobiología: la nueva síntesis, que explicaba el comportamiento y la psicología humana desde una perspectiva evolutiva. Este libro marcó un punto de inflexión y la psicología evolutiva comenzó a desarrollarse con fuerza en el ámbito académico convencional gracias al trabajo de académicos como David Buss y Steven Pinker.
La psicología evolutiva es una disciplina que combina el cognitivismo y la teoría evolutiva, centrándose en el origen de los mecanismos psicológicos que impulsan comportamientos humanos específicos. La tesis central de los psicólogos evolutivos es que, a lo largo del largo proceso evolutivo, la humanidad se enfrentó a diversos desafíos adaptativos, y solo los individuos con mentes diseñadas para resolverlos lograron el éxito evolutivo. Consideran que los genes, formados mediante la selección natural acumulativa, influyen en la psicología humana. Apoyan y utilizan activamente la perspectiva presentada en El gen egoísta (1976) de Richard Dawkins, que explica el comportamiento de machos y hembras en el mundo animal desde una perspectiva evolutiva y considera el cuerpo de un individuo como una máquina de propagación genética. La psicología evolutiva extiende esta perspectiva evolutiva al análisis psicológico, argumentando que hombres y mujeres han desarrollado mecanismos adaptativos inherentemente diferentes en función de sus respectivos entornos. Si bien la psicología evolutiva ofrece un enfoque innovador al plantear la selección natural como la solución a los desafíos adaptativos de la humanidad, también requiere una cuidadosa consideración de si explicar el comportamiento a través de las diferencias fundamentales en la naturaleza masculina y femenina es científicamente creíble.
El primer problema de la psicología evolutiva es su tendencia a reducir excesivamente todo el comportamiento humano a una perspectiva evolutiva; es decir, a explicar a los humanos como seres que actúan únicamente en aras de la evolución y la supervivencia. Esta perspectiva contradice las perspectivas modernas sobre las relaciones románticas. Un ejemplo claro es la teoría de la selección sexual. Según su explicación típica, «Los hombres cortejan, las mujeres eligen». Las mujeres, al necesitar solo elegir entre los hombres que muestran interés, supuestamente no tienen necesidad de desarrollar rasgos atractivos para atraer al sexo opuesto, como sí lo hacen los hombres. El Gen Egoísta atribuye esta causa a la diferencia biológica de que, mientras que el esperma de los hombres es prácticamente infinito, los óvulos de las mujeres son numéricamente limitados. La explicación es que, dado que las mujeres deben invertir más tiempo y energía que los hombres en las relaciones sexuales y el parto, inevitablemente se vuelven más cautelosas en el proceso de selección de pareja. En última instancia, la psicología evolutiva, basada en la teoría de la selección sexual de Darwin, ha culminado en una teoría que reproduce el arquetipo del «hombre que corteja activamente y la mujer recatada».
Sin embargo, esta narrativa carece de suficiente sofisticación científica. Las relaciones sexuales humanas no están motivadas únicamente por la reproducción mediante la transferencia de esperma, como en el apareamiento animal. En la sociedad humana moderna, el sexo también es un medio crucial para formar y mantener relaciones románticas entre parejas. Esto plantea otro problema: se encuentran constantemente casos que se desvían de las normas de la teoría de la selección sexual, tanto históricamente como en la actualidad, tanto entre humanos como entre animales. Por ejemplo, el rechazo sexual masculino, la promiscuidad sexual femenina y el comportamiento sexual entre personas del mismo sexo son ejemplos que no se ajustan a la forma normativa propuesta por la teoría de la selección sexual. Sin embargo, la teoría actual de la selección sexual no logra explicar estas numerosas excepciones y contraejemplos. Los descarta como fenómenos simplemente irracionales o anormales, dominando los libros de divulgación científica relacionados con la teoría de la evolución.
¿Puede el imperativo evolutivo de producir la mayor cantidad posible de descendencia explicar verdaderamente todos los aspectos del comportamiento humano? La psicología evolutiva no se alinea con las perspectivas modernas al reducir excesivamente las profundas relaciones entre los sexos a la mera reproducción. La Inversión Parental Masculina (IPM) se cita como un contraejemplo. Desde una perspectiva de la psicología evolutiva, se espera que los hombres se centren principalmente en el número de hijos, permaneciendo relativamente indiferentes a la calidad de estos, es decir, a su crianza. Sin embargo, existe un fuerte afecto paternal en los varones humanos, un hecho claramente confirmado por la neurociencia moderna. Además, a diferencia de los animales, los humanos acumulan entornos sociales y experiencias culturales complejos, desarrollando un afecto paternal más intrincado y profundamente estructurado basado en ellos. En este contexto, el intento de la psicología evolutiva de distinguir entre géneros en el cariño de los padres no logra explicar plenamente el alto nivel de IPM observado en la sociedad humana. Reducir el comportamiento humano, que puede explicarse de forma más convincente a través de influencias culturales, a mecanismos genéticos o psicológicos únicamente para la reproducción incondicional es una interpretación excesivamente extrema y sesgada.
El segundo problema de la psicología evolutiva es que refuerza una mentalidad binaria que busca explicar la humanidad únicamente a través de la distinción polarizada entre lo masculino y lo femenino. La psicología evolutiva argumenta que los hombres y las mujeres han desarrollado mecanismos adaptativos inherentemente diferentes en sus respectivos entornos. Un ejemplo representativo es la narrativa de que los hombres, acostumbrados a la caza, son agresivos, orientados a objetivos y combativos, mientras que las mujeres, responsables de las actividades de supervivencia dentro de la comunidad, valoran los vínculos relacionales y la comunicación cercana. También se argumenta que los hombres buscan relaciones de una noche para obtener más descendencia de varias mujeres, mientras que las mujeres, necesitadas de criar a sus hijos, prefieren hombres económicamente estables y orientados a la familia. Estas explicaciones pasan por alto contextos cruciales sobre cómo hombres y mujeres se socializan en roles de género diferenciados a través de interacciones culturales. Son problemáticas porque reducen las diferencias entre hombres y mujeres a leyes inmutables de la naturaleza humana, es decir, la acción de genes egoístas centrados únicamente en la reproducción. Esta perspectiva conlleva el riesgo de legitimar estereotipos de género generalizados en la sociedad humana como hechos científicos.
En este sentido, la académica de estudios de género Mari Ruti critica duramente la psicología evolutiva, argumentando que legitima estereotipos de género manifiestos profundamente arraigados en la cultura y constituye una pseudociencia basada en el sexismo. Derivar la conclusión de que los hombres poseen inherentemente mecanismos psicológicos adecuados para la infidelidad y las mujeres para la crianza de los hijos basándose en las diferencias en las células germinales masculinas y femeninas carece de lógica sistemática. Ignora la posibilidad de terceras variables e infiere apresuradamente la causalidad de la mera correlación. Como se mencionó anteriormente, tales explicaciones también contradicen el pensamiento moderno sobre los roles de género. Además, este salto lógico y las suposiciones rígidas sobre los roles de género se amplifican a medida que la psicología evolutiva se difunde a través de libros de divulgación científica. Por ejemplo, el libro de autoayuda de John Gray Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus (1992) presenta la creencia de que los conflictos entre hombres y mujeres surgen porque han vivido en mundos psicológicos y emocionales fundamentalmente diferentes desde el principio. Esto pasa por alto que el romance es un encuentro entre individuos y que diversos factores —como el hecho de que cada persona haya crecido en entornos diferentes, los conflictos ontológicos, las motivaciones inconscientes y las vulnerabilidades que se manifiestan en las relaciones íntimas— pueden contribuir al conflicto. Estas creencias simplificadas se difunden rápidamente a través de libros de autoayuda, artículos de revistas, sitios web de cultura popular y programas de entrevistas, lo que sirve para justificar y reforzar los estereotipos de género.
La razón fundamental por la que la psicología evolutiva es controvertida reside en su condición de disciplina donde la frontera entre hecho y valor es ambigua. Es innegable que los gametos masculinos y femeninos presentan claras diferencias en cuanto a cantidad y tasa de producción. Sin embargo, intentar definir apresuradamente la naturaleza inherente de hombres y mujeres basándose en este hecho implica un salto lógico. Se producen errores cuando se extraen conclusiones basadas en tendencias promedio y se generalizan, especialmente cuando la población no está clara y no se controlan adecuadamente diversas variables externas. Marie Luti señala en su libro: «Cuando reducimos a los demás a modelos estandarizados andantes, suprimimos sus aspectos más vibrantes e interesantes». La psicología evolutiva no reconoce plenamente la posibilidad de que hombres y mujeres puedan compartir intereses comunes y, en consecuencia, podrían preferir parejas que compartan sus valores, objetivos y perspectiva fundamental de la vida. Esto se debe a que, en la psicología evolutiva, el amor, la intimidad y las conductas de cortejo emocional se reducen a fenómenos secundarios de cálculos económicos centrados en la reproducción. La narrativa de que los hombres heterosexuales se centran únicamente en difundir sus genes lo más ampliamente posible y que la vida de las mujeres heterosexuales se reduce a su edad ovárica, limita el objetivo de la existencia humana al cumplimiento de roles reproductivos en lugar de alcanzar ideales personales.
Los psicólogos evolucionistas afirman que su investigación representa una exploración convergente de la naturaleza humana, integrando la sociobiología, la antropología, la ciencia cognitiva y la psicología. Sin embargo, para que la psicología evolucionista establezca un marco científico claro, es absolutamente esencial un análisis riguroso de todo el proceso de elaboración de sus teorías, junto con la supervisión social. Esta es una condición necesaria para garantizar que la psicología evolucionista se desarrolle como un intento eficaz de explicar el comportamiento humano, evitando al mismo tiempo que sus explicaciones refuercen estereotipos sobre los roles de género o juicios de valor sesgados.

 

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Escritora

Soy un "Detective de gatos". Ayudo a reunir a los gatos perdidos con sus familias.
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