¿Los quarks y los electrones son reales, o meras suposiciones para una explicación?

Esta entrada de blog examina, desde perspectivas filosóficas y científicas, si entidades teóricas invisibles como los quarks y los electrones existen realmente o son meras suposiciones científicas para su explicación.

 

En las historias de Conan Doyle, Sherlock Holmes sigue las pistas de los crímenes y resuelve los casos con una perspicacia y una capacidad de observación extraordinarias. Sus explicaciones son siempre más sofisticadas y completas que las de la policía, y, en consecuencia, la gente se convence de que su explicación es la más correcta incluso antes de que se arreste al culpable. De manera similar, si una afirmación es relativamente más explicativa que otras, consideramos que tiene una base racional para ser aceptada. Este modo de razonamiento se denomina «inferencia a la mejor explicación».
La inferencia a la mejor explicación ha sido particularmente útil en el ámbito científico. En ciencia, al intentar explicar un fenómeno, suelen coexistir teorías que compiten entre sí. Este método resulta eficaz para decidir qué teoría adoptar entre aquellas difíciles de verificar directamente. Por ejemplo, si una teoría científica explica el mismo fenómeno con mayor éxito que otras, podemos considerar que dicha teoría tiene mayor probabilidad de ser cierta. Esto constituye un criterio práctico de juicio en el proceso de investigación científica y ha desempeñado un papel crucial en el impulso del progreso científico.
Este modo de razonamiento también constituye una justificación fundamental para defender el realismo científico. El realismo científico es una perspectiva que se basa en la creencia de que las teorías científicas no solo sirven como herramientas predictivas útiles, sino que describen de forma veraz, o al menos aproximada, la estructura real del mundo externo. Además, según esta teoría, las entidades teóricas que aparecen en las teorías científicas —como los electrones, los neutrinos, los quarks, etc.— no son meras ficciones explicativas, sino representaciones de cosas que existen realmente.
Sin embargo, observar directamente o verificar empíricamente estas entidades en la realidad es extremadamente difícil. Por ejemplo, si bien la teoría de quarks explica con éxito fenómenos físicos microscópicos que ocurren dentro de los núcleos atómicos, los quarks en sí mismos no pueden observarse directamente con la tecnología científica actual. No obstante, creemos que los quarks existen y aceptamos que la teoría de quarks proporciona una descripción aproximada, aunque veraz, del mundo natural. Este es el núcleo de la perspectiva realista, que considera las teorías científicas no como meras hipótesis, sino como descripciones fidedignas del mundo real.
Dado que las teorías científicas a menudo involucran principios o entidades de la naturaleza que no podemos observar directamente, suelen describirse en lenguaje abstracto. Aun en medio de esta abstracción e incertidumbre, los científicos evalúan la veracidad de una teoría mediante la inferencia a la mejor explicación. Los realistas creen que las teorías científicas reflejan, en cierta medida, la estructura del mundo real, y justifican esta creencia en los éxitos de dichas teorías. Por ejemplo, las teorías astronómicas basadas en modelos heliocéntricos han proporcionado explicaciones y predicciones mucho más precisas que las basadas en modelos geocéntricos o la astrología. Esto respalda la idea de que las teorías científicas describen con precisión el mundo real.
Al repasar la historia de la ciencia, observamos que numerosas teorías científicas han sido puestas a prueba, revisadas y han alcanzado el éxito repetidamente. El éxito sostenido de estas teorías difícilmente se debe al azar o la suerte. Los realistas argumentan precisamente en este punto que el realismo científico ofrece la explicación más convincente para los notables logros de la ciencia. Es decir, sin la convicción de que las teorías científicas que adoptamos actualmente se aproximan a la verdad, resulta difícil explicar racionalmente el éxito sostenido de las teorías científicas.
En conclusión, la inferencia a la mejor explicación constituye una herramienta clave que sustenta la justificación filosófica del realismo científico. Esto no solo apoya lógicamente la creencia de que las teorías científicas convergen hacia la verdad, sino que también está profundamente ligado a nuestra forma de razonar en la vida cotidiana. Si bien el realismo científico no puede demostrarse con la misma claridad que una prueba matemática, considerando los logros de la ciencia hasta la fecha y la fuerza persuasiva de sus teorías, podemos afirmar que tenemos razones suficientes para creer en su veracidad.

 

Acerca del autor.

Escritora

Soy un "Detective de gatos". Ayudo a reunir a los gatos perdidos con sus familias.
Me recargo con un café con leche, disfruto caminar y viajar, y amplío mis pensamientos escribiendo. Observando el mundo con atención y siguiendo mi curiosidad intelectual como bloguera, espero que mis palabras puedan ayudar y consolar a otros.